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Las 1.119 ha sembradas en el año 2000, con una producción de 14.501 t, permitie­ron que los productores obtuvieran ingresos por $14.417 millones (a un precio pro­medio al productor de $994,2/kg) y que se generaran 285.888 jornales (cerca de 953 empleos directos), considerando un uso de mano de obra promedio de 240 jor­nales/ha.año, lo que expresa la importancia socio-económica que tiene el cultivo para el país.
La parchita constituye una importante fuente de divisas para el país. Entre 1991 y 2000, las exportaciones colombianas de pasifloras (parchita, maracuyá y curuba) crecieron en volumen a una tasa promedio de 4,9% anual y en precio 6,9% (CCI, 2001). Holanda y Alemania son los principales mercados de parchita colombiana (25,4 y 18,1% del volumen total de la exportación nacional, respectivamente) con una tasa de crecimiento anual promedio de 26,0 y 29,4%, respectivamente, entre 1997 y 2000 (CCI, 2001). En el año 2000, las exportaciones fueron 569,6 t (Toro et al., 2002), que representan US$ 1.500.000 en divisas para el país.
Desde el punto de vista social, Llontop (1999) considera que, en el norte del Perú, es el cultivo que ha permitido a las familias rurales afrontar los costos de produc­ción y adquirir infraestructura para el procesamiento del café, constituyéndose como el principal componente del mejoramiento del nivel de vida.
Desde el punto de vista ambiental, la parchita, asociada con el café, ha mejorado el uso de los recursos naturales al reducir la erosión y mejorar la abundancia y la diversidad de anélidos en el suelo (Rivera y Nieto, 2002; Andrade y Morales, 2002). Al respecto, Llontop (1990) afirma que la parchita se desarrolla en un envidiable agroecosistema, con un gran potencial biótico (flora, fauna y policultivo) y abiótico (suelo, materia orgánica y agua disponible). En consecuencia, la parchita consti­tuye un rubro productivo que, según Castro (2001), permite cumplir con los propó­sitos gubernamentales de competitividad, equidad social y sostenibilidad ambien­tal.
Con excepción del banano, los frutales en Colombia se caracterizan por su disper­sión geográfica y por la explotación en pequeñas unidades, con restricciones tec­nológicas, financieras y empresariales. La dispersión de la producción impide apro­vechar las ventajas climáticas específicas de las regiones y el desarrollo de infra­estructura y de mercados. La falta de mecanismos efectivos de organización de los productores favorece el negocio de los intermediarios, a costa de las utilidades de quienes hacen la inversión en los cultivos y asumen los riesgos de la producción, ya que en Colombia, solamente 3 - 4% de la producción agropecuaria está organi­zada a través de formas cooperativas (Henal:), 1986).
La carencia de un programa sistemático de investigación contribuye a que el productor no disponga de asistencia técnica eficiente y oportuna. Según Toro et a/. (2002), existe potencial para el mejoramiento tecnológico del cultivo, conside­rando la amplia brecha en productividad entre lotes experimentales (40 t/ ha) y el promedio nacional. Con base en los datos del Sistema de Información Estratégica del Sector Agroalimentario (SIESA) de la CCI, el promedio nacional se puede esti­mar en 11,2 t/ha, con un incremento importante de 14% entre 1999 y 2000. Salvo el Valle del Cauca, que a partir de 1996 incrementa su productividad notablemen­te y se posiciona como el departamento de mayor productividad promedio en el país, la productividad del cultiva tiende a mantenerse alrededor del promedio his­tórico (Gráfica 1).



Gráfica 1. Productividad del cultivo de la parchita en los cuatro departamen­tos de mayor experiencia productiva (1992 a 2000)
El modelo de decisión elaborado por Toro et al. (2002) para determinar los productos que reúnen las mejores condiciones para un desarrollo regional competitivo en el Valle del Cauca, teniendo en cuenta: mercados, análisis de la competencia, ren­tabilidad, disponibilidad de tecnología, disponibilidad agroecológica y experiencia productiva, indica que la parchita tiene un coeficiente de competitividad relati­vamente alto, colocándose en el sexto lugar, después de guayaba, guanábana, na­ranja, aguacate y maracuyá.
Por sus características organolépticas, el potencial productivo y competitivo, la generación de empleo, la generación de divisas y el relativo posicionamiento en el mercado externo, la parchita constituye un producto bastante promisorio, aun sin explotar. Algunas fortalezas que se pueden aprovechar de la parchita son: su rápida cosecha (antes de un año); su larga capacidad de almacenamiento (corteza dura) que permite el transporte por vía marítima, lo que abarata costos; su poten­cial de procesamiento; y el potencial comercial de sus hojas, cáscaras y ramas (Universidad de los Andes, 1994).
La competencia y posición dominante de algunos países, logradas por economías de escala, desarrollos tecnológicos y alta calidad, exige que el país realice impor­tantes innovaciones en productos, empaques y presentaciones, o que lleve a cabo un salto en competitividad derivado en una decisión estratégica del Estado colom­biano y de Ios agentes de la cadena productiva, que reduzca los precios y asegure la cantidad, calidad y continuidad en la oferta.
Para corregir la dispersión que se presenta en la producción de parchita, se requiere identificar conglomerados (clusters) productivos regionales, a partir de ventajas climáticas, de infraestructura y de mercado, que permitan el desarrollo de economías de escala y el aprovechamiento de externalidades. De otro lado, es fundamental transformar las actuales asociaciones de productores, con el fin de que se conviertan en instancias de presión para conseguir mejores precios, ser escuchados en reclamaciones justas, promover y defender las normas técnicas, hacer inteligencia de mercados y conseguir insumos a precios más razonables (Toro et al., 2002). En el desarrollo de mercados y promoción se debe dar a conocer el producto, mostrar los beneficios de su consumo sobre la salud y enseñar las diferentes formas de preparación.
El posicionamiento en el mercado exige un mayor desarrollo tecnológico para pro­ducir una fruta homogénea, de la variedad que demanda el mercado (tamaño, color, forma y calidad), recomendaciones tecnológicas competitivas validadas y material vegetal certificado. Las pérdidas poscosecha (30%) se consideran altas y, aunque la fruta tiene restricciones para su transformación por la fragilidad de sus semillas y la dificultad para retirarlas del arilo o pulpa, es fundamental identificar estrategias para usos alternativos como: jugos, refrescos, mermeladas, néctares, jarabes, jaleas, esponjados, cocteles y helados.